Lo que la consulta me ha enseñado sobre obesidad, estigma y la diferencia entre dar una recomendación y construir un plan.
Dra. Ana Jorge Pérez · Medicina, Metabolismo y Nutrición · Septiembre de 2026
Hay personas que llegan a consulta con años de dietas, recomendaciones y explicaciones que conocen de memoria. Algunas están cansadas de intentarlo. Otras temen que cualquier síntoma termine atribuyéndose a su peso. Muchas necesitan entender qué podemos hacer esta vez y cómo vamos a acompañarlas.
Esta reflexión recoge situaciones que se repiten en consulta. Con el tiempo, me han llevado a revisar mi manera de trabajar: qué información recojo, cómo la interpreto y, sobre todo, qué respuesta ofrezco después.
Registrar el peso, calcular el índice de masa corporal y recomendar cambios en la alimentación o la actividad física forma parte de la atención. Pero cuando una persona lleva años recibiendo esas indicaciones, conviene concretar mucho más.
Una recomendación empieza a ser útil cuando podemos convertirla en un plan comprensible, posible y revisable.
Comprender qué está ocurriendo antes de fijar una meta
La obesidad es una condición compleja y multifactorial. Para valorar su repercusión hay que explorar la adiposidad, sus consecuencias sobre la salud y las circunstancias de cada persona. El peso aporta información, pero no describe por sí solo todo ese escenario.
El índice de masa corporal —el conocido IMC— relaciona peso y altura. Es útil como aproximación y herramienta de cribado, aunque no distingue la grasa del músculo ni informa de cómo se distribuye el tejido adiposo. Tampoco permite establecer, por sí solo, cuánto está afectando a la salud de alguien. [1,2]
Por eso, dos personas con el mismo IMC pueden necesitar intervenciones distintas. La cintura, las complicaciones, la fuerza, la capacidad para realizar las actividades cotidianas y la historia clínica ayudan a completar la valoración.
El marco de la Asociación Europea para el Estudio de la Obesidad, publicado en 2024, propone incorporar las repercusiones médicas, funcionales y psicológicas. La Comisión de The Lancet Diabetes & Endocrinology de 2025 plantea distinguir entre obesidad clínica y preclínica según exista afectación orgánica o limitación funcional atribuible al exceso de adiposidad. Son propuestas diferentes, con un interés compartido: precisar mejor qué le ocurre a cada persona. [1,2]
Perder peso puede ser un objetivo terapéutico importante. En consulta, quiero que acordemos también qué beneficio buscamos con esa pérdida y cómo vamos a comprobarlo.
Poder pedir ayuda sin sentirse juzgado
La forma de hablar sobre el peso también forma parte de la atención.
El consenso internacional sobre estigma de la obesidad describe daños físicos y psicológicos y dificultades para recibir una atención adecuada. Reducir la obesidad a una elección personal o a una falta de voluntad desconoce su complejidad y puede deteriorar la relación asistencial. [3]
En la práctica, esto implica escuchar los intentos previos sin convertirlos en un examen. Preguntar qué resultó útil, qué fue difícil y qué ocurrió cuando aquella estrategia dejó de encajar. También exige estudiar los síntomas con el cuidado que merecen: tener obesidad no convierte automáticamente el peso en la explicación de todo.
Me interesa que una persona pueda hablar de su alimentación, sus dificultades o su cansancio sin anticipar una reprimenda. Esa conversación permite conocer mejor el problema y tomar decisiones con más información.
EMCA: organizar la valoración para decidir mejor
De estas preguntas nace EMCA —Enfermedad Metabólica Crónica Adiposa—, el marco de razonamiento y seguimiento clínico que estamos desarrollando en un grupo de trabajo de Atención Primaria. Es una propuesta piloto, todavía no validada.
Organizamos la valoración alrededor de la distribución de la grasa, las alteraciones metabólicas, la función muscular, la conducta alimentaria y los posibles procesos inflamatorios. El sueño y el contexto vital atraviesan toda esa evaluación.
Estos ámbitos nos ayudan a formular hipótesis y establecer prioridades. Una analítica aislada no permite identificar con certeza una causa dominante, y reunir más mediciones solo tiene sentido si mejora una decisión.
La historia ponderal, los antecedentes y los tratamientos se ponen en relación con la alimentación, la actividad física y las circunstancias cotidianas. Cuando son pertinentes y están disponibles, incorporamos medidas corporales, analítica, bioimpedancia, pruebas de fuerza y función y ecografía del tejido adiposo.
El objetivo es llegar a preguntas concretas: ¿qué necesita atención primero?, ¿qué podemos mejorar ahora?, ¿qué apoyo hará falta para conseguirlo?
Un plan que pueda convivir con la vida real
La medicina de familia permite conocer aspectos que no aparecen en una analítica: los horarios, las responsabilidades de cuidado, los recursos disponibles o el momento en que alguien dejó de tener tiempo para sí mismo.
Esa información cambia la propuesta. Recomendar cocinar más requiere saber quién compra y quién prepara la comida. Plantear ejercicio exige conocer las limitaciones físicas y las posibilidades de incorporarlo a la semana. Hablar de descanso requiere espacio para entender qué está dificultando dormir.
El plan integra alimentación, ejercicio, sueño y conducta según las necesidades detectadas. También contempla las opciones terapéuticas indicadas y la colaboración con otros profesionales cuando hace falta. Las decisiones se acuerdan teniendo en cuenta la situación clínica, las preferencias y las posibilidades reales de acceso.
Elegir por dónde empezar es parte del tratamiento. Una valoración muy completa puede dejar a la persona desorientada si termina en demasiadas indicaciones a la vez.
Por eso, además de explicar qué proponemos, hay que concretar cómo se llevará a cabo y cuándo lo revisaremos. Si el plan no funciona, la siguiente consulta debe ayudarnos a entender qué hay que ajustar.
Qué miramos durante el seguimiento
El peso sigue presente, acompañado de otras preguntas: cómo evoluciona la cintura, qué ocurre con los parámetros metabólicos, si cambia la fuerza o la capacidad funcional y cómo se tolera el tratamiento.
También preguntamos si la persona entiende el plan, si puede mantenerlo y qué dificultades han aparecido. Todo ello es información clínica.
Esto resulta especialmente relevante cuando el tratamiento produce pérdidas de peso importantes. El asesoramiento conjunto de varias sociedades científicas sobre terapias basadas en GLP-1, publicado en 2025, recomienda cuidar la calidad de la alimentación, asegurar un aporte proteico adecuado y acompañarlo de entrenamiento de fuerza para favorecer la preservación muscular. Son recomendaciones que deben adaptarse a cada situación. [4]
Seguir la evolución implica valorar la salud y la función de la persona a lo largo del proceso.
Acompañar también exige reconocer los límites
Esta forma de trabajar necesita tiempo, coordinación y continuidad, y lo que podemos ofrecer depende de los recursos disponibles.
Seguimos evaluando qué información cambia realmente las decisiones y cómo hacer sostenible el seguimiento. Nuestra experiencia clínica, por sí sola, no demuestra que este modelo sea superior a otras formas de atención.
Al terminar una visita, quiero que podamos responder a tres preguntas: qué hemos entendido, por dónde vamos a empezar y cuándo volveremos a revisarlo.
Ahí es donde «tiene que perder peso» empieza a convertirse en atención clínica.

Referencias
- Busetto L, et al. A new framework for the diagnosis, staging and management of obesity in adults. Nature Medicine. 2024;30:2395–2399. Consultar artículo
- Rubino F, et al. Definition and diagnostic criteria of clinical obesity. The Lancet Diabetes & Endocrinology. 2025;13:221–262. Consultar artículo
- Rubino F, et al. Joint international consensus statement for ending stigma of obesity. Nature Medicine. 2020;26:485–497. Consultar artículo
- Mozaffarian D, et al. Nutritional priorities to support GLP-1 therapy for obesity: A joint Advisory from the American College of Lifestyle Medicine, the American Society for Nutrition, the Obesity Medicine Association, and The Obesity Society. Obesity (Silver Spring). 2025;33(8):1475–1503. Consultar artículo. Corrección publicada en Obesity. 2026;34(7):1516.
Estas referencias respaldan los conceptos clínicos expuestos. La descripción de EMCA corresponde a nuestra experiencia y organización asistencial; los documentos citados no constituyen una validación específica del modelo.
Sobre la autora
Ana Jorge Pérez es médica especialista en Medicina Familiar y Comunitaria. Trabaja en Atención Primaria y pasa consulta privada en Santa Cruz de Tenerife bajo su marca AJP · Medicina, Metabolismo y Nutrición, centrada en la nutrición clínica, la salud metabólica, la obesidad y la nutrición para el rendimiento deportivo.
Declaración de intereses
La autora ha recibido honorarios por ponencias y actividades formativas, así como apoyo para la asistencia a congresos, de Novo Nordisk y Eli Lilly. Este artículo no ha recibido financiación.
Este artículo tiene carácter informativo y no sustituye una valoración clínica individual.
