Por la Dra. Ana Jorge Pérez · Medicina, Metabolismo y Nutrición
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La palabra «canon» viene del griego y significa, literalmente, regla o vara de medir. A lo largo de la historia, esa regla ha cambiado de forma radical de una época a otra, reflejando los valores, las condiciones económicas y las tecnologías de cada momento. Esta es esa historia — y lo que nos dice sobre la salud hoy.

Prehistoria: el cuerpo como señal de supervivencia
Las representaciones humanas más antiguas que conservamos —como la Venus de Willendorf, datada en torno al 30.000 a.C.— muestran cuerpos de volúmenes extremos: caderas anchas, abdomen prominente, pechos generosos.
En un contexto de nomadismo y escasez alimentaria, la acumulación de tejido adiposo no era un defecto estético sino una señal directa de salud, prosperidad y capacidad reproductiva. La delgadez, en ese marco, habría sido interpretada como debilidad o enfermedad.
El ideal físico no era un capricho cultural: era información biológica.
Antiguo Egipto y Grecia: simetría, proporción y significado moral
En el Antiguo Egipto (2966-322 a.C.), el ideal se desplazó hacia la esbeltez y la simetría facial. El kohl que se aplicaba alrededor de los ojos tenía una función simultáneamente estética y médica: sus propiedades antibacterianas protegían contra infecciones oculares frecuentes en el clima del Nilo. El cuerpo bien cuidado era también señal de estatus social.
En la Grecia Clásica, el escultor Policleto formuló el concepto de kanon: un sistema de proporciones matemáticas —basado en lo que hoy conocemos como Proporción Áurea (φ ≈ 1,618)— que definía el cuerpo ideal. La belleza física dejó de ser solo apariencia para convertirse en categoría filosófica: un cuerpo armónico reflejaba una moral virtuosa. Belleza y bondad eran, en esa cosmología, la misma cosa.
Edad Media: el cuerpo como obstáculo espiritual
Bajo la hegemonía del cristianismo medieval, el ideal estético dio un giro completo. La carnalidad era pecado; el cuerpo, una fuente de tentación que debía ser negada o disimulada.
El ideal femenino de la época buscaba la inmaterialidad: tez pálida como señal de pureza interior, frentes despejadas —que se conseguían depilando el nacimiento del cabello—, siluetas etéreas que ocultaban las formas femeninas bajo ropas amplias. La belleza no debía atraer; debía reflejar la devoción y la negación de lo terrenal.
Renacimiento y Barroco: el retorno de la carne
Los siglos XV al XVIII supusieron una recuperación progresiva de la corporalidad como valor positivo.
El Renacimiento retomó los clásicos con una mirada nueva: Botticelli y Tiziano inmortalizaron cuerpos redondeados, pieles sonrosadas, formas generosas. La carnalidad se asoció al éxito económico y a la vitalidad.
El Barroco llevó esa lógica al exceso: pelucas monumentales, maquillaje elaborado, corsés que comenzaron a modelar la silueta de forma artificial. Nació la obsesión por la cintura de avispa —conseguida mediante la compresión mecánica del tronco—, y la belleza se convirtió en performance, en representación que requería tiempo, recursos y una considerable tolerancia al malestar físico.
Siglo XIX: la paradoja romántica
El Romanticismo introdujo uno de los ideales estéticos más llamativos de la historia occidental: la estética de la tisis.
La tuberculosis, que asolaba Europa, acabó por romantizarse culturalmente. Sus síntomas —palidez extrema, delgadez, ojeras pronunciadas, aspecto lánguido— se asociaron a la sensibilidad artística y espiritual. Escritores, poetas y músicos que padecían la enfermedad eran descritos como especialmente dotados para el sentimiento. El aspecto enfermizo se convirtió en ideal.
Para aproximarse a ese canon, las mujeres de la época adoptaron prácticas que hoy reconoceríamos como peligrosas: ingestión de vinagre o tiza para palidecer, evitación del ejercicio físico, uso de corsés cada vez más ajustados.
El corsé victoriano merece mención aparte. La «cintura de avispa» de 45-50 centímetros no era solo un objetivo estético: llevarla se consideraba un requisito de refinamiento y moralidad femenina. Sus consecuencias físicas documentadas incluían desplazamiento de órganos internos, dificultad respiratoria, desmayos frecuentes y deformaciones costales en usuarias habituales desde la infancia.

1890: cuando la industria decide el cuerpo de la temporada
En 1890, el periódico madrileño El Imparcial documentó el proceso por el que los modistos parisinos debatían y acordaban el ideal corporal femenino para cada temporada. El artículo recogía algo así:
«Gordas o flacas. Tal es el problema que durante unas cuantas semanas ha estado bullendo en las cabezas de los modistos y costureros parisienses, y por último se han decidido por las flacas. El ser gruesa constituirá un pecado gravísimo de leso buen gusto. Será el colmo de la vulgaridad.»
Es un documento que ilustra con claridad el mecanismo que se repetiría durante el siglo siguiente: el ideal corporal como decisión de la industria, distribuida a través de los medios de comunicación disponibles en cada época.
El siglo XX: la aceleración del péndulo
Si algo caracteriza al siglo XX en materia de cánones es la velocidad del cambio — y su alcance global, gracias al cine, las revistas y la televisión.
Años 20: Tras la Primera Guerra Mundial, el ideal femenino giró hacia la androginia. Las flappers —jóvenes urbanas que adoptaron el nuevo estilo— lucían siluetas rectangulares, cabellos cortos y modas que borraban deliberadamente las curvas. El corsé desapareció. La juventud y la liberación de movimiento se convirtieron en los nuevos valores.
Años 30-50: La posguerra trajo el regreso de la figura de reloj de arena. Pechos prominentes, cintura marcada, caderas redondeadas: el ideal se asoció al hogar, a la feminidad doméstica y a figuras como Marilyn Monroe, que encarnó este canon en los años 50.
Años 60: La modelo británica Twiggy popularizó el extremo opuesto: delgadez casi infantil, piernas largas, ausencia de curvas. El péndulo había oscilado de nuevo.
Años 80: El auge del fitness y las supermodelos introdujo un canon nuevo: el cuerpo debía ser delgado y tonificado. La delgadez ya no era suficiente; requería también evidencia de esfuerzo físico. Figuras como Jane Fonda popularizaron el aeróbic y la cultura del entrenamiento.
Años 90: El heroin chic —asociado a figuras como Kate Moss— devolvió el ideal a la delgadez extrema, esta vez con una estética deliberadamente descuidada y una palidez que evocaba el consumo de drogas. Fue uno de los períodos con mayor correlación documentada entre el canon mediático y el aumento de trastornos de conducta alimentaria en mujeres jóvenes.

El canon masculino: el mismo mecanismo, diferente forma
Los cánones de belleza masculinos han seguido una trayectoria paralela, aunque con menos visibilidad histórica.
Del hombre robusto y trabajador de mediados del siglo XX —cuyo volumen corporal señalaba capacidad de esfuerzo físico— se pasó al cuerpo atlético y musculado de los años 80, popularizado por el culturismo y el cine de acción. En las últimas décadas, el ideal masculino en redes sociales combina definición muscular extrema con un porcentaje de grasa corporal muy bajo: una combinación que, en muchos casos, requiere condiciones de entrenamiento y alimentación que los profesionales de la salud no recomendarían.
Los datos reflejan este impacto: el 25% de los trastornos de conducta alimentaria se dan en hombres, pero el 90% de ellos no busca ayuda. La vigorexia —la preocupación obsesiva por el desarrollo muscular— afecta de forma creciente a hombres jóvenes. El uso de anabolizantes entre adolescentes ha aumentado en la última década en varios países europeos.
Siglo XXI: el algoritmo como nuevo modisto
La diferencia fundamental entre el presente y cualquier período anterior no es la existencia de un canon de belleza —eso no es nuevo— sino el mecanismo por el que ese canon se distribuye e interioriza.
Hasta finales del siglo XX, la exposición a los ideales estéticos era relativamente pasiva: revistas, anuncios, películas. El individuo recibía el mensaje pero no participaba en su producción ni en su distribución.
Las redes sociales han cambiado esa lógica de forma radical. Los filtros de realidad aumentada de Instagram o Snapchat superponen en tiempo real modificaciones digitales sobre el propio rostro. La inteligencia artificial genera imágenes de personas inexistentes con rasgos perfectamente simétricos y piel sin imperfecciones. Y los algoritmos de recomendación amplifican de forma sistemática el contenido que se ajusta a determinados estándares visuales.
El resultado es un ciclo de retroalimentación documentado por la investigación reciente:
- Exposición a contenido idealizado filtrado por IA
- Comparación social ascendente
- Ansiedad por la apariencia
- Edición de la propia imagen para reducir esa ansiedad
- Publicación del contenido editado
- Retroalimentación del ciclo para otros usuarios
Un estudio con 1.212 universitarias (Zhao et al., 2025) encontró que el 75% del efecto de la internalización de ideales de belleza sobre la edición de selfies se produce a través de la ansiedad por la apariencia. El 60% de las jóvenes evita publicar fotografías sin editar.
La correlación entre insatisfacción corporal y problemas de salud mental es también estadísticamente robusta: r=0,65 con baja autoestima, r=0,55 con depresión, r=0,40 con ansiedad.
Una aclaración necesaria
Describir los mecanismos históricos y psicosociales que han contribuido a la epidemia de obesidad no equivale a minimizar las consecuencias de esta enfermedad.
La obesidad es una enfermedad crónica con impacto cardiovascular, metabólico, articular y oncológico bien documentado. Es una de las principales causas de mortalidad prematura prevenible en el mundo occidental y merece toda la atención clínica que se le pueda dedicar.
Lo que la historia y la evidencia reciente nos aportan es contexto: comprender por qué llegamos hasta aquí —individual y colectivamente— permite diseñar abordajes más eficaces, más sostenibles y con mejor adherencia a largo plazo. Un tratamiento que ignora los factores psicosociales que rodean al paciente trata solo una parte del problema.

Algunas preguntas para llevarse a casa
La historia de los cánones de belleza plantea preguntas que no tienen respuesta simple, pero que vale la pena hacerse:
¿En qué medida los ideales estéticos que consideramos «normales» hoy son construcciones culturales recientes, igual que lo fueron el corsé victoriano o la estética de la tisis?
¿Cómo afecta la exposición diaria a estándares digitalmente alterados a la percepción del propio cuerpo, especialmente en población joven?
¿Qué tipo de relación con el cuerpo —más allá de la estética— queremos construir desde la salud?
Son preguntas que, en consulta, cada vez aparecen con más frecuencia.
Dra. Ana Jorge Pérez Especialista en Medicina, Metabolismo y Nutrición
Fuentes
- Darwin, C. (1871). The Descent of Man
- Zhao et al. (2025). Idealisation, appearance anxiety and selfie editing
- Fredrickson & Roberts. Objectification Theory
- Tufail, R. et al. (2025). The Impact of Social Media Filters on Body Image
- El Imparcial, Madrid, 1890
- AMA Journal of Ethics. What Historical Ideals of Women’s Shapes Teach Us
- Jones, G. Globalization and Beauty: A Historical and Firm Perspective
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